Andamos locos, sin rumbo. Como pollo sin cabeza, aunque en esta ocasión lo que está descabezado es el país. Desde hace ocho meses y pico, amigos.
He visto nacer bebés en menos tiempo.
Pero nos hemos vuelto adictos a esto. A los debates de investidura. A esta demagogia interdisciplinar que se ha vuelto cíclica, como un mantra eterno que nos vemos condenados a repetir cada unos cuantos meses, como una ola que va y viene de la playa, en una eterna marea (y resaca, qué resaca).
Y se ha convertido en algo tan normal que lo aceptamos sin rechistar. Sin padecer. Sin que se nos escape siquiera una gota de pis. Es algo tan normal, tan habitual como respirar. Que ya no sé si es que se nos han acabado las ganas de pelear, la rabia, el instinto de resistencia, o es simplemente que nos come la desidia. La pesadumbre. La apatía más soberana.
Nos vemos doblegados por esa pertinaz procrastinación que nos hace esperar una y otra vez por lo mismo, intentando adaptarnos a unas circunstancias que nos son hostiles e hirientes, como un mancuniano tratando de adaptarse a Chiapas, como un piojo en la cabeza de un calvo, sin nada a lo que aferrarnos. Sin nada que nos haga creer en tiempos mejores.
Nos han pasado tantas veces por la cabeza la liendrera de la hipocresía que sus mentiras han llegado a penetrar en nuestras cabezas, como dogma universal sin derecho a réplica, ni siquiera a razonamiento. Como un algo absoluto que hemos de asumir, aceptar con dócil servilismo, so pena de guillotina, si no literal, metafórica. O comulgamos con ello, o cercenan de un preciso tajo nuestras ganas de estar vivos, o, cuando menos, las de pelear contra un sistema que continuamente trata de aplastarnos.
Pero amigos, como decía, nos hemos vuelto adictos a esta incertidumbre, a esta inestabilidad inmarcesible. Nos atrae cual potente electroimán hacia ese vórtice de entropía en el que se ha convertido la democracia de este país descabezado y cojo. Como padeciendo un inquebrantable síndrome de Estocolmo.
Mientras tanto, ellos seguirán viviendo del cuento. De las rentas. De NUESTRAS rentas.
Y nosotros lo permitimos.
¿Hasta cuando?
miércoles, 31 de agosto de 2016
lunes, 29 de agosto de 2016
DE ÍDOLOS Y MACHOS ALFA
La inocencia de la infancia... ¡Bendita inocencia!
Y qué diferentes se ven las cosas según si fuiste niño o niña, ¿verdad?
Yo recuerdo con ternura los tiempos de mi niñez, aquellos tiempos carentes de responsabilidades y problemas, en los que todo era diversión y despreocupación. Recuerdo aquellos tiempos en los que el peligro más grande al que te podías enfrentar era cuando el matón de turno de tu clase te decía "A la salida te espero", como frase lapidaria, como pre-epitafio... Y que luego se saldaba con ir juntos a cazar lagartijas.
Eran tiempos de idolatrar a leyendas. A Julen Guerrero, Butragueño o Stoichkov. A Hannibal Smith, M.A. Barracus o McGyver. A Mike Donovan. A Óliver Atom y Benji Price. A Magic Johnson, Michael Jordan o Larry Bird. A Jorge Martínez "Aspar". A Gordi y a Sloth. A Ray, Peter, Egon y Winston. A Han y a Luke. A ese emérito Superman interpretado por Christopher Reeve. A Ralph Hinkley, también conocido como "El gran héroe americano". A John Rambo. E incluso a la súper-abuela.
Pero si había un personaje dominante, un macho alfa que todos los niños queríamos ser, si había alguien a quien quisiéramos parecernos era el aparcacoches de los autos de choque. Un mito viviente.
Era un personaje inigualable. Rondaría los 20 años, cosa que para nosotros, niños de 8 ó 9 años era un adulto en toda regla. Con sus vaqueros desgastados, su camiseta imperio, su pitillo a medio consumir en los labios, y esos músculos de montar y desmontar pistas de autos de choque por toda la geografía española, dependiendo de dónde fueran las fiestas de turno. Y con aquella pericia que le permitía hacer cosas para nosotros inimaginables. Nosotros, que casi nos costaba montarnos en el auto de choque y coger la posición, observábamos con admiración cómo aquel ser mitológico, con un pie en el asiento y el otro en el volante, agarrado con una mano a la barra de la banderita del coche, y sujetando con la otra su cigarro, aparcaba los coches con total rapidez entre bocina y bocina para que no estuvieran en medio cuando arrancara el turno nuevo. Era capaz de girar el volante con el pie hasta dejar los coches perfectamente aparcados, mientras nosotros lo admirábamos petrificados mientras oíamos de fondo (invariablemente) a Modern Talking y a los Camela.
Eran otros tiempos, éramos impresionables. Pero aquel macarrilla fue ese semi-Dios que todos quisimos ser, pues no solo tenía habilidades que todos deseábamos, si no que además era el chico a las que todas las niñas de nuestra edad querían de novio, con lo que eso implicaba, que era que todos los demás no nos comiéramos una rosca.
Hoy en día, las cosas han cambiado. Aquel malote que aparcaba los coches de choque con el pie ha sido sustituido por un yonki desdentado que apenas se tiene en pie.
¿Y nosotros? Nosotros seguimos sin comernos una rosca.
Y qué diferentes se ven las cosas según si fuiste niño o niña, ¿verdad?
Yo recuerdo con ternura los tiempos de mi niñez, aquellos tiempos carentes de responsabilidades y problemas, en los que todo era diversión y despreocupación. Recuerdo aquellos tiempos en los que el peligro más grande al que te podías enfrentar era cuando el matón de turno de tu clase te decía "A la salida te espero", como frase lapidaria, como pre-epitafio... Y que luego se saldaba con ir juntos a cazar lagartijas.
Eran tiempos de idolatrar a leyendas. A Julen Guerrero, Butragueño o Stoichkov. A Hannibal Smith, M.A. Barracus o McGyver. A Mike Donovan. A Óliver Atom y Benji Price. A Magic Johnson, Michael Jordan o Larry Bird. A Jorge Martínez "Aspar". A Gordi y a Sloth. A Ray, Peter, Egon y Winston. A Han y a Luke. A ese emérito Superman interpretado por Christopher Reeve. A Ralph Hinkley, también conocido como "El gran héroe americano". A John Rambo. E incluso a la súper-abuela.
Pero si había un personaje dominante, un macho alfa que todos los niños queríamos ser, si había alguien a quien quisiéramos parecernos era el aparcacoches de los autos de choque. Un mito viviente.
Era un personaje inigualable. Rondaría los 20 años, cosa que para nosotros, niños de 8 ó 9 años era un adulto en toda regla. Con sus vaqueros desgastados, su camiseta imperio, su pitillo a medio consumir en los labios, y esos músculos de montar y desmontar pistas de autos de choque por toda la geografía española, dependiendo de dónde fueran las fiestas de turno. Y con aquella pericia que le permitía hacer cosas para nosotros inimaginables. Nosotros, que casi nos costaba montarnos en el auto de choque y coger la posición, observábamos con admiración cómo aquel ser mitológico, con un pie en el asiento y el otro en el volante, agarrado con una mano a la barra de la banderita del coche, y sujetando con la otra su cigarro, aparcaba los coches con total rapidez entre bocina y bocina para que no estuvieran en medio cuando arrancara el turno nuevo. Era capaz de girar el volante con el pie hasta dejar los coches perfectamente aparcados, mientras nosotros lo admirábamos petrificados mientras oíamos de fondo (invariablemente) a Modern Talking y a los Camela.
Eran otros tiempos, éramos impresionables. Pero aquel macarrilla fue ese semi-Dios que todos quisimos ser, pues no solo tenía habilidades que todos deseábamos, si no que además era el chico a las que todas las niñas de nuestra edad querían de novio, con lo que eso implicaba, que era que todos los demás no nos comiéramos una rosca.
Hoy en día, las cosas han cambiado. Aquel malote que aparcaba los coches de choque con el pie ha sido sustituido por un yonki desdentado que apenas se tiene en pie.
¿Y nosotros? Nosotros seguimos sin comernos una rosca.
miércoles, 24 de agosto de 2016
DECONSTRÚYEME ESTA
Es "trendy". Es "fashion". Es "de fusión". Es "creativo". Es "de deconstrucción".
Es una puta mierda pinchada en un palo.
¿Cuántas veces hemos entrado en un restaurante de los caros, de los que aparecen como recomendación en las guías de tendencias y hemos tenido que parar en un kebab nada más salir de allí por habernos quedado con hambre?
Todo empezó a irse a la mierda con la invención de la "nueva cocina". Todo empezó a irse a la mierda cuando empezaron a utilizarse los platos cuadrados. Todo empezó a irse a la mierda cuando ingredientes como el nitrógeno líquido o herramientas como el espumificador empezaron a convertirse en imprescindibles en el mundo de la gastronomía.
Camareros vestidos por Agatha Ruiz de la Prada, con sus pajaritas verdes y sus mandiles rosas te reciben con una sonrisa, en locales que, a primera vista, podrían ser un decorado de cualquier nave de Star Wars o la nave industrial más antigua de la ciudad. Vanguardistas, postmodernistas, vayaustedalamierdistas.
Comida minúscula servida en platos gigantescos, con ese chorrito de salsa, debidamente dispersado con un biberón, que no sabes si acompaña al plato para darle sabor o es simplemente la rúbrica garabateada del chef de turno, tratando de conseguir esa notoriedad que su ego le pide. Música chill-out after-punk como hilo musical. Olor a esencia de lavanda de vainilla de Madagascar de mis cojones resudaos. Vaya tela, amigos. ¡Que yo he venido a comer, oiga! Y si he venido a comer, es porque tengo hambre. HAMBRE. ¿Captan ustedes el concepto? ¿Qué les hace pensar que UN guisante relleno puede saciar mi apetito?
E iremos más allá. No hace mucho he visto restaurantes que ofertan catas de agua. ¡DE AGUA!.
A mí me enseñaron de pequeño que el agua, por definición, es un elemento líquido inodoro e insípido. Es decir, que ni huele ni sabe a nada. NO SABE A NADA. ¿Cómo demonios ofreces una cata de algo que no sabe a nada? Es más, ¿cómo pretendes que me deleite con sus matices y aprecie si una es mejor que otra? ¿Qué será lo próximo? ¿Que cada camarero te tire un pedo en la cara y valores las diferencias entre sus diferentes aromas, dependiendo de lo que haya comido cada uno?
Yo, amigos, prefiero meterme al típico bar (ya ni restaurante, BAR) donde cuelgan suculentos jamones y chorizos ibéricos tras la barra, donde huele a potaje desde tres calles más allá, y donde el camarero lleva un delantal con unas manchas de grasa que probablemente salieron de un asado que se le sirvió a Don Miguel de Cervantes. Y siguen ahí. El típico bar donde no te sacan un plato, te sacan directamente la olla para que te sirvas. El típico bar donde si pides un bocadillo, tienes que llamar a la quinta división acorazada, la plantilla completa del Real Murcia y la tuna de la universidad de Salamanca para compartirlo si quieres tener la más mínima esperanza de acabártelo. El típico bar donde ese menú, con el que podrías dar de cenar a 4 familias enteras (con cuñaos y todo) el día de nochebuena, y cuyo precio es igual al que te cobran en un restaurante de fusión nada más que por darte los buenos días.
Señores, con las cosas de comer no se juega. Seamos serios.
¡Bon appetit!
Es una puta mierda pinchada en un palo.
¿Cuántas veces hemos entrado en un restaurante de los caros, de los que aparecen como recomendación en las guías de tendencias y hemos tenido que parar en un kebab nada más salir de allí por habernos quedado con hambre?
Todo empezó a irse a la mierda con la invención de la "nueva cocina". Todo empezó a irse a la mierda cuando empezaron a utilizarse los platos cuadrados. Todo empezó a irse a la mierda cuando ingredientes como el nitrógeno líquido o herramientas como el espumificador empezaron a convertirse en imprescindibles en el mundo de la gastronomía.
Camareros vestidos por Agatha Ruiz de la Prada, con sus pajaritas verdes y sus mandiles rosas te reciben con una sonrisa, en locales que, a primera vista, podrían ser un decorado de cualquier nave de Star Wars o la nave industrial más antigua de la ciudad. Vanguardistas, postmodernistas, vayaustedalamierdistas.
Comida minúscula servida en platos gigantescos, con ese chorrito de salsa, debidamente dispersado con un biberón, que no sabes si acompaña al plato para darle sabor o es simplemente la rúbrica garabateada del chef de turno, tratando de conseguir esa notoriedad que su ego le pide. Música chill-out after-punk como hilo musical. Olor a esencia de lavanda de vainilla de Madagascar de mis cojones resudaos. Vaya tela, amigos. ¡Que yo he venido a comer, oiga! Y si he venido a comer, es porque tengo hambre. HAMBRE. ¿Captan ustedes el concepto? ¿Qué les hace pensar que UN guisante relleno puede saciar mi apetito?
E iremos más allá. No hace mucho he visto restaurantes que ofertan catas de agua. ¡DE AGUA!.
A mí me enseñaron de pequeño que el agua, por definición, es un elemento líquido inodoro e insípido. Es decir, que ni huele ni sabe a nada. NO SABE A NADA. ¿Cómo demonios ofreces una cata de algo que no sabe a nada? Es más, ¿cómo pretendes que me deleite con sus matices y aprecie si una es mejor que otra? ¿Qué será lo próximo? ¿Que cada camarero te tire un pedo en la cara y valores las diferencias entre sus diferentes aromas, dependiendo de lo que haya comido cada uno?
Yo, amigos, prefiero meterme al típico bar (ya ni restaurante, BAR) donde cuelgan suculentos jamones y chorizos ibéricos tras la barra, donde huele a potaje desde tres calles más allá, y donde el camarero lleva un delantal con unas manchas de grasa que probablemente salieron de un asado que se le sirvió a Don Miguel de Cervantes. Y siguen ahí. El típico bar donde no te sacan un plato, te sacan directamente la olla para que te sirvas. El típico bar donde si pides un bocadillo, tienes que llamar a la quinta división acorazada, la plantilla completa del Real Murcia y la tuna de la universidad de Salamanca para compartirlo si quieres tener la más mínima esperanza de acabártelo. El típico bar donde ese menú, con el que podrías dar de cenar a 4 familias enteras (con cuñaos y todo) el día de nochebuena, y cuyo precio es igual al que te cobran en un restaurante de fusión nada más que por darte los buenos días.
Señores, con las cosas de comer no se juega. Seamos serios.
¡Bon appetit!
viernes, 19 de agosto de 2016
POR PALABRAS...
Abres los ojos para asomarte al mundo.
Demasiada luz.
Cierras los ojos.
Abres los ojos, esta vez con más cautela, para mirar el reloj.
Las 16:48h.
Cierras los ojos.
Abres los ojos sin recordar saber muy bien dónde tienes el norte, ni cómo coño has llegado hasta allí.
A tu lado, una palangana, llena de vaya usted a saber qué materia viscosa.
Cierras los ojos.
Abres los ojos intentando recuperar la verticalidad.
¿Resaca? Improbable, ¿no eras abstemio?
Cierras los ojos.
Abres los ojos y esta vez sí, te incorporas. Empiezas a otear tu alrededor y comprendes que esa es tu habitación, la de tu casa, la de toda la vida, pero sigues sin poder recordar ni cómo llegaste hasta ella, ni qué demonios pasó anoche. Flashes vienen a tu cabeza, imágenes confusas, vagos recuerdos, tan nublados que no sabes si pertenecen a tus vivencias de la noche anterior o a los delirantes sueños que probablemente te hayan asaltado durante la noche y la mañana (y parte de la tarde, maldita sea!)
Recuerdas tu cara, o lo que sería una sigourneyweaverización de tu cara (como en la película de Alien, con el bicho sacando los dientes junto a tu rostro) con el esternocleidomastoideo como una morcilla de Burgos. Pero, ¿qué pudo conducirte a ese estado?
Te metes bajo la alcachofa de la ducha para despejarte y las imágenes, antes desordenadas, empiezan a encajar como las piezas de un puzzle. Recuerdas fechas aparentemente desordenadas e incoherentes... 30/08/2016... 25/12/2016... ¿Qué mierda quieren decir?
Y entonces lo ves claro: Recuerdas la cara de Ana Pastor en la tele (la ministra, no la otra esa que se mola mucho a sí misma) anunciando que el debate para la sesión de investidura será celebrado el día 30 de agosto, pero que si Rajoy no sale investido, las elecciones (las terceras, amigos) serán celebradas el 25 de diciembre (fum, fum, fum) por la gracia de Dios y del PP. Y recuerdas que, tras el descojono inicial, las sensaciones fueron dos: Una, un revoltijo de estómago similar al que puedes sentir tras cepillarte sin compasión 4 kilos de brócoli, y la otra, la sensación de que te están introduciendo por vía rectal algo de mayor calibre que un plátano maduro. Sin cloroformo. A pelo. Y sin la menor delicadeza.
Quizá eso explique la palangana, y sobre todo, su contenido.
Si quisimos hacer la revolución contra una clase política que nos estafa y nos roba, esta, sin duda, es su contrarrevolución. ¿No queríais caldo? Pues tomad, siete tazas. Y ahora, volved a votarnos, que a nosotros ya nos va bien.
En fin, menos mal que siempre nos quedará el Athletic...
Demasiada luz.
Cierras los ojos.
Abres los ojos, esta vez con más cautela, para mirar el reloj.
Las 16:48h.
Cierras los ojos.
Abres los ojos sin recordar saber muy bien dónde tienes el norte, ni cómo coño has llegado hasta allí.
A tu lado, una palangana, llena de vaya usted a saber qué materia viscosa.
Cierras los ojos.
Abres los ojos intentando recuperar la verticalidad.
¿Resaca? Improbable, ¿no eras abstemio?
Cierras los ojos.
Abres los ojos y esta vez sí, te incorporas. Empiezas a otear tu alrededor y comprendes que esa es tu habitación, la de tu casa, la de toda la vida, pero sigues sin poder recordar ni cómo llegaste hasta ella, ni qué demonios pasó anoche. Flashes vienen a tu cabeza, imágenes confusas, vagos recuerdos, tan nublados que no sabes si pertenecen a tus vivencias de la noche anterior o a los delirantes sueños que probablemente te hayan asaltado durante la noche y la mañana (y parte de la tarde, maldita sea!)
Recuerdas tu cara, o lo que sería una sigourneyweaverización de tu cara (como en la película de Alien, con el bicho sacando los dientes junto a tu rostro) con el esternocleidomastoideo como una morcilla de Burgos. Pero, ¿qué pudo conducirte a ese estado?
Te metes bajo la alcachofa de la ducha para despejarte y las imágenes, antes desordenadas, empiezan a encajar como las piezas de un puzzle. Recuerdas fechas aparentemente desordenadas e incoherentes... 30/08/2016... 25/12/2016... ¿Qué mierda quieren decir?
Y entonces lo ves claro: Recuerdas la cara de Ana Pastor en la tele (la ministra, no la otra esa que se mola mucho a sí misma) anunciando que el debate para la sesión de investidura será celebrado el día 30 de agosto, pero que si Rajoy no sale investido, las elecciones (las terceras, amigos) serán celebradas el 25 de diciembre (fum, fum, fum) por la gracia de Dios y del PP. Y recuerdas que, tras el descojono inicial, las sensaciones fueron dos: Una, un revoltijo de estómago similar al que puedes sentir tras cepillarte sin compasión 4 kilos de brócoli, y la otra, la sensación de que te están introduciendo por vía rectal algo de mayor calibre que un plátano maduro. Sin cloroformo. A pelo. Y sin la menor delicadeza.
Quizá eso explique la palangana, y sobre todo, su contenido.
Si quisimos hacer la revolución contra una clase política que nos estafa y nos roba, esta, sin duda, es su contrarrevolución. ¿No queríais caldo? Pues tomad, siete tazas. Y ahora, volved a votarnos, que a nosotros ya nos va bien.
En fin, menos mal que siempre nos quedará el Athletic...
martes, 16 de agosto de 2016
GOD BLESS EIGHTIES!!
¡Qué fácil es bajarse música usando el torrent! ¿Verdad, amigos?
Sentáos aquí, en mi regazo, junto al fuego, que os voy a contar una historia de una época muy muy remota, en la que el ser humano comenzaba a dar pasitos en el intrincado mundo de la tecnología...
Hubo una época, queridos niños, cuando la humanidad aún iba en pañales, en la que teníamos que ingeniárnoslas de otro modo si queríamos conseguir la canción que lo petaba en el momento, y eso requería altas dosis de paciencia y algo de ingenio... y un radiocassette. Sí, un radiocassette, amigos. Es objeto del que quizá hayáis oído hablar a vuestros padres, que consistía, como su propio nombre indica, en un aparato que incluía ambas funciones: Radio y Cassette.
Por aquel entonces podías comprar cintas vírgenes en las tiendas de fotos (sí, había que llevar las fotos a revelar, no eran digitales; y lo que es aún más sorprendente: no había tiendas de chinos ni sus primigenios "Todo a cien", las cosas se compraban en tiendas especializadas) que se presentaban, básicamente, en tres formatos: de 46, de 60 y de 90. (Los nombres hacían referencia a la cantidad de minutos de audio que podías grabar en cada una de ellas).
El método, tan rudimentario como tedioso y efectivo, consistía en comprar una cinta virgen y ponerla dentro del cassette (que tenía un botón REC, para grabar, normalmente de color rojo, y que generalmente había que pulsar simultáneamente con el PLAY, y que iba más duro que los demás), enchufar la radio en tu emisora favorita y sentarte a esperar a que al locutor de turno le diera por pinchar la canción que te molaba. A veces transcurrían muchas horas hasta que eso sucedía, y mientras tanto ibas grabando todo lo que iba poniendo (a veces te quedabas sin minutos para cuando llegaba la canción que estabas esperando).
Tal y como ocurre hoy en día, el locutor empezaba a presentar la canción que iba a sonar (y claro, tú tratabas de adivinar cuál era por lo que iba diciendo, para no perder ni un segundo en empezar a grabar en cuanto sonara) y tú solo pensabas "cállateyacállateyacállateya", para darle al REC y al PLAY en cuanto se callara. Y cuando esto sucedía, generalmente ya habían pasado 15 o 20 segundos del principio de la canción, con lo cual, empezaba cortada. Y lo peor no era eso, lo peor es que el muy bocazas, normalmente, empezaba a hablar también antes de que acabara la canción, con lo cual te jodía también unos segundos del final. Y así teníamos todas las canciones. Cojas.
Lo bueno que tenía este sistema (algo bueno tenía que tener) es que solo con comprar una cinta, tenías para miles de grabaciones, pues, al contrario que los CDs, se podía borrar y volver a grabar encima, utilizando una sofisticada técnica que consistía en ocluir los agujeros que tenían las cintas en la parte superior (originalmente cubiertos por unas pestañas, cuando la cinta era virgen, que se rompían para no grabar encima por accidente) utilizando bolitas de papel o tiras de cinta adhesiva. Y una vez ocluídos los orificios, ¡voilá!, la cinta volvía a ser virgen. (Esto hacía que cualquier cinta, incluso las compradas originales de cualquier grupo o cantante, fueran susceptibles de ser usadas como cintas vírgenes. Cuántas broncas por haber grabado canciones de Seguridad Social o Europe encima de cintas de Pablo Milanés de mis padres no me habré llevado...)
Ese era el sistema. Y éramos felices.
Pero entonces llegó un avance inimaginable: el radiocassette con doble pletina. DOBLE PLETINA. Dos espacios para meter cassettes. Generalmente uno era el reproductor, y el otro incluía el botón rojo de REC.
Ese avance hizo que nos convirtiéramos en piratas a gran escala. Ya no solo nos "bajábamos" música de la radio. Nos dio la potestad de copiar cintas que nos pasaban los colegas, o incluso compartir con ellos nuestras maravillosas recopilaciones de canciones "descargadas". Bastaba con meter la cinta "original" en el reproductor y la virgen en el "grabador", y darle simultáneamente al PLAY del reproductor, y al PLAY y al REC del grabador. Todo un alarde de sincronización, pero que valía la pena... Después de esperar toda (sí, TODA) la duración de la cinta (y si no se había enganchado, rayado, parado...) tenías tu maravillosa copia, lista para ser disfrutada.
En fin, era todo un mundo... en posteriores entradas ya os explicaré los sucesivos avances que hubo en este campo...
No os grabéis esta entrada en cinta, por favor, que me ha costado mucho escribirla.
sábado, 13 de agosto de 2016
DEMAGOGIA Y OTRAS MIERDAS.
Últimamente se ha puesto muy de moda decir lo solidarios que somos, lo mucho que apoyamos a los desfavorecidos, lo tremendamente humanitarios que podemos llegar a ser... Muchos diréis que es la sociedad, que avanza. Que el ser humano está volviéndose más bueno. Que nos hemos vuelto altruístas y generosos gracias a la concienciación cívica.
¡NO!
El ser humano es egoísta por naturaleza. El ser humano te va a pisotear si con ello puede obtener un beneficio, e incluso, muchas veces, sin obtener nada a cambio, solo porque solo piensa en sí mismo sin importarle lo más mínimo cómo afecte al resto de las personas.
Lo que ha crecido en los últimos tiempos no es la solidaridad ni el altruísmo. Lo que ha crecido tiene otro nombre: POSTUREO.
Se ven cada vez más fotos de gente famosa (o no tan famosa) junto a los más desfavorecidos. Fotos junto a gente con el síndrome de down, junto a pobres, enfermos, junto a gente que inspira ternura, y todo ello aderezado con comentarios emotivos dignos de la prensa más amarillista, del tipo: "No sabéis lo bonito que es que te abrace una persona con síndrome de down, pues sabes que su abrazo es sincero". Obvio, amigos.
La verdad es que todo eso es cierto, pero, ¿qué necesidad tenemos de exhibir públicamente esas "hazañas"? Yo, personalmente, tengo amigos con enfermedades incurables, he conocido el umbral de la pobreza, y por supuesto, conozco a gente afectada por el síndrome de down. Conozco a gente que ha pasado por todo tipo de desdichas, y les he apoyado, ayudado o mostrado mi solidaridad en la medida de lo posible. Lo que me sobra es la foto con su comentario remueveconciencias. Jamás me he hecho una foto para subirla a las redes sociales, para que la gente me dé palmaditas en la espalda por mi buena fe.
Ser solidario mola. Ser sensible mola. Exhibirlo es postureo. Es buscar aprobación.
Y luego están los famosos y famosillos que hacen campaña porque "tal niña tiene una enfermedad congénita incurable. #TodosSomosEsaNiña."
Esa niña está pasando por un drama personal, pero por un motivo u otro, ha tenido la "suerte" de que su caso concreto se haga famoso o incluso viral. Pero estoy seguro de que hay muchos más niños en su situación a los que no se les ha dado tanto bombo. ¿Por qué no #TodosSomosTambiénTodosEsosOtrosNiños? Es más, ya que eres famoso y tienes dinero, ¿por qué no haces algo más por esa niña que poner un hashtag en una red social?
En fin, que no os lo creáis. Que no somos más solidarios ni estamos más concienciados.
Solo nos gusta exhibirlo más.
Pero a mí, no.
Seguiré apoyando y ayudando a quien crea que lo merece, en la medida de mis posibilidades, pero nunca veréis una foto mía junto a "un desfavorecido", porque no quiero medallitas.
El que quiera medallas, que se sacrifique, se machaque a entrenar durante toda su vida, y se apunte a los juegos olímpicos.
Para lo demás, humildad y trabajo silencioso.
¡NO!
El ser humano es egoísta por naturaleza. El ser humano te va a pisotear si con ello puede obtener un beneficio, e incluso, muchas veces, sin obtener nada a cambio, solo porque solo piensa en sí mismo sin importarle lo más mínimo cómo afecte al resto de las personas.
Lo que ha crecido en los últimos tiempos no es la solidaridad ni el altruísmo. Lo que ha crecido tiene otro nombre: POSTUREO.
Se ven cada vez más fotos de gente famosa (o no tan famosa) junto a los más desfavorecidos. Fotos junto a gente con el síndrome de down, junto a pobres, enfermos, junto a gente que inspira ternura, y todo ello aderezado con comentarios emotivos dignos de la prensa más amarillista, del tipo: "No sabéis lo bonito que es que te abrace una persona con síndrome de down, pues sabes que su abrazo es sincero". Obvio, amigos.
La verdad es que todo eso es cierto, pero, ¿qué necesidad tenemos de exhibir públicamente esas "hazañas"? Yo, personalmente, tengo amigos con enfermedades incurables, he conocido el umbral de la pobreza, y por supuesto, conozco a gente afectada por el síndrome de down. Conozco a gente que ha pasado por todo tipo de desdichas, y les he apoyado, ayudado o mostrado mi solidaridad en la medida de lo posible. Lo que me sobra es la foto con su comentario remueveconciencias. Jamás me he hecho una foto para subirla a las redes sociales, para que la gente me dé palmaditas en la espalda por mi buena fe.
Ser solidario mola. Ser sensible mola. Exhibirlo es postureo. Es buscar aprobación.
Y luego están los famosos y famosillos que hacen campaña porque "tal niña tiene una enfermedad congénita incurable. #TodosSomosEsaNiña."
Esa niña está pasando por un drama personal, pero por un motivo u otro, ha tenido la "suerte" de que su caso concreto se haga famoso o incluso viral. Pero estoy seguro de que hay muchos más niños en su situación a los que no se les ha dado tanto bombo. ¿Por qué no #TodosSomosTambiénTodosEsosOtrosNiños? Es más, ya que eres famoso y tienes dinero, ¿por qué no haces algo más por esa niña que poner un hashtag en una red social?
En fin, que no os lo creáis. Que no somos más solidarios ni estamos más concienciados.
Solo nos gusta exhibirlo más.
Pero a mí, no.
Seguiré apoyando y ayudando a quien crea que lo merece, en la medida de mis posibilidades, pero nunca veréis una foto mía junto a "un desfavorecido", porque no quiero medallitas.
El que quiera medallas, que se sacrifique, se machaque a entrenar durante toda su vida, y se apunte a los juegos olímpicos.
Para lo demás, humildad y trabajo silencioso.
martes, 9 de agosto de 2016
GUÍA DE SUPERVIVENCIA PARA NO-BILBAINOS EN ASTE NAGUSIA.
Estamos llegando a mediados de agosto y se aproxima una fecha ineludible para los amantes de las grandes fiestas: La ASTE NAGUSIA (Semana Grande) de Bilbao.
Muchos la habréis visitado ya en alguna ocasión, pero para los neófitos, y aquellos que hayáis cumplido hace poco la mayoría de edad, y por tanto, vaya a ser la primera vez que asistáis a la madre de todas las fiestas populares de España, os dejo aquí un pequeño manual de supervivencia para que, una vez acabado el gran despiporre, podáis volver enteros (o casi) a vuestros respectivos lugares de origen.
1) NO INTENTÉIS BAJO NINGÚN CONCEPTO SEGUIR EL RITMO DE UN BILBAINO.
Los vascos están locos y son peligrosos. Comen mucho, beben más, y, llegadas las fiestas de Bilbao, apenas duermen. Tratar de beber copas a la misma velocidad que ellos puede desembocar en un irreversible coma etílico. Tratar de comer lo que ellos llaman "un pequeño refrigerio" te puede dejar con el estómago destrozado para el resto de las fiestas. Haced como los ciclistas: coged un ritmo en el que vayáis cómodos, y, por mucho que ellos aumenten el ritmo, vosotros poco a poco, aguantad vuestra cadencia para no desfondaros.
2) EN ASTE NAGUSIA NO SE DUERME, SOLO SE COMO Y SE BEBE:
El horario oficial de los bilbainos durante estos días de jolgorio y algarabía es el siguiente: A las 12 del mediodía, empieza la ronda de txikiteo (ir de vinitos y pintxos por los bares). A la una y media, el marianito (también conocido como "vermú" en otras regiones de España). A las dos y media, comida. Txuletones regados con sidra y vino de Rioja. A las cuatro de la tarde, la partida de mus, con sus respectivas copas de patxarán o coñac, a gusto del consumidor. A las siete, con la partida recién acabada, vuelta a la ronda de txikiteo y zuritos (cervezas en vaso de vino, para contemporizar). A las nueve y media, cena. Otra frugal comidita de la que muchos saldréis empachados. A las 11 de la noche, fuegos artificiales. Todo el mundo a la calle a ver los fuegos, con la correspondiente litrada de kalimotxo fresquito. A las 12 y media, concierto, y más litros. A las dos, copas y copas. A las cuatro, bocata de lomo con pimientos de la txosna (como las casetas del resto de España, pero en tamaño XXL). Luego, copas y copas hasta las 7 de la mañana en la que se desayuna chocolate con txurros o café y pintxo de tortilla (muy recomendables los del Bar "La Tortilla", junto a la plaza del Ayuntamiento), y después, vuelta a empezar el ciclo.
3) MARIJAIA:
La santa madre patrona de las fiestas. Para los no duchos en estos temas, es un muñeco de una señora con los brazos levantados que iréis divisando en diferentes puntos de la geografía bilbaina a lo largo de las fiestas. No temáis, no muerde. Y veneradla como si fuera vuestra santísima madre, pues cualquier intento de barbarie contra ella (incluso la más leve falta de respeto) puede ser castigado con un linchamiento masivo por parte de toda la población de la ilustre y noble villa de Bilbao (y son muchos, oiga).
4) LA MISTELA Y EL ZURRACAPOTE NO SUBEN, APENAS TIENEN ALCOHOL:
¡¡¡MENTIRA!!! Huid de ellos como del mismísimo demonio. Son bebidas dulces que, fresquitas, entran muy bien y acompañan y visten perfectamente a cualquier pintxo pero, ¡ojo!, cuando queráis daros cuenta llevaréis un pedo de los que hacen época. Desconfiad de los comentarios envalentonados de la población local (recordad, ellos son vascos y vosotros no. Ellos carecen de hígado).
5) EL BOCATA "ESPECIAL" DE LAS TXOSNAS ENTRA DE PUTA MADRE:
Esa vianda conocida como "bokata especial", normalmente se compone de lomo, queso, pimientos, cebolla y, en ocasiones, de muchas más cosas. Aparte de tener la medida aproximada del antebrazo izquierdo de Rafa Nadal. Recuerda siempre que el estómago de los vascos está hecho del acero con el que se montan los barcos. Si eres de cualquier otra región, y con el cuerpo lleno de alcohol, probablemente te siente como comerte un saco de mármol de Macael.
6) ESTA NOCHE SALIMOS DE TRANKI QUE QUEDA TODAVÍA MUCHA ASTE NAGUSIA:
No caigáis en esta trampa mortal. Si bien la afirmación de que todavía quedan muchas fiestas es cierta, el concepto "salir de tranki" de un vasco difiere absolutamente del tuyo. "Un par de cervecitas y pa' casa" no es algo que un vasco pueda entender, para ellos "salir de tranki" es reducir de 25 a 15 los litros de alcohol ingeridos en una noche. Desconfiad. Siempre.
7) NUNCA USES LA FRASE "NO HAY HUEVOS" CON UN VASCO:
A menos que quieras que suceda lo que siga a la frase, pero recuerda: cuidado con lo que deseas, no sea que se cumpla. Además, el bilbaino siempre hará lo que vaya implícito en esa frase, pero tendrá su contrapartida. Puede que utilice después la misma estrategia contra ti, y caso de que tú no seas capaz de estar a la altura, serás tildado de nenaza por el resto de tu vida (y tus futuras reencarnaciones).
8) DI NO A LAS CHANCLAS:
Sé que es verano, que es más cómodo y más fresco ir en chanclas, pero la cantidad de dedos amputados y aplastados aumenta exponencialmente cada año en los turistas que osan adentrarse en la noche bilbaina. Recuerda que la población de Bilbao se multiplica por 5 o por 6 en estas fechas y que las calles se quedan pequeñas para acoger a tanta gente. Si quieres acercarte al menos una vez en toda la noche a una txosna a pedir algo de beber, y quieres volver con todos tus dedos de los pies, evita las chanclas por encima de todas las cosas.
9) NUNCA JAMÁS TE SIENTES EN EL SUELO:
No hay váter para tanta gente, y, por regla general, durante la Aste Nagusia, la ría, las esquinas, entre dos coches, los containers, ese trozo de césped, ese banco, la puerta del cajero (y que se joda el puto banco), el pórtico de la iglesia (y que se jodan los curas) son improvisados urinarios. Cualquier lugar que puedas imaginar es susceptible de haber sido utilizado como improvisado retrete, así que vigila donde descansas tus posaderas.
Y 10) SAL DE CASA CON LO IMPRESCINDIBLE:
Es probable que acabes más borracho que las ratas o atrapado en una aglomeración de gente. Lleva encima lo justo y necesario, es decir, aquellas cosas que, llegado el momento, podrías esconder en algún recoveco entre tu cuerpo y tus ropas. Todo lo demás, lo perderás o será robado por los amigos de lo ajeno. Aunque salgas incluso sin dinero, siempre encontrarás a alguien que comparta contigo su katxi (vaso de litro) de kalimotxo o que te invite a una copa. (Eso sí, no lo utilices como recurso habitual, que los vascos son generosos pero odian a los gorrones).
Si cumples a rajatabla este decálogo, tal vez consigas sobrevivir a los 9 días del año en los que Bilbao se convierte en la más peligrosa de las junglas y logres llegar de vuelta a tu pueblo/ciudad más o menos en las mismas condiciones en las que viniste.
Pero tampoco puedo garantizártelo.
Eso sí, te aseguro que vale la pena. Vivirás algo irrepetible, una de esas cosas que, al menos, una vez en la vida has de vivir, para poder contárselo a tus nietos.
Muchos la habréis visitado ya en alguna ocasión, pero para los neófitos, y aquellos que hayáis cumplido hace poco la mayoría de edad, y por tanto, vaya a ser la primera vez que asistáis a la madre de todas las fiestas populares de España, os dejo aquí un pequeño manual de supervivencia para que, una vez acabado el gran despiporre, podáis volver enteros (o casi) a vuestros respectivos lugares de origen.
1) NO INTENTÉIS BAJO NINGÚN CONCEPTO SEGUIR EL RITMO DE UN BILBAINO.
Los vascos están locos y son peligrosos. Comen mucho, beben más, y, llegadas las fiestas de Bilbao, apenas duermen. Tratar de beber copas a la misma velocidad que ellos puede desembocar en un irreversible coma etílico. Tratar de comer lo que ellos llaman "un pequeño refrigerio" te puede dejar con el estómago destrozado para el resto de las fiestas. Haced como los ciclistas: coged un ritmo en el que vayáis cómodos, y, por mucho que ellos aumenten el ritmo, vosotros poco a poco, aguantad vuestra cadencia para no desfondaros.
2) EN ASTE NAGUSIA NO SE DUERME, SOLO SE COMO Y SE BEBE:
El horario oficial de los bilbainos durante estos días de jolgorio y algarabía es el siguiente: A las 12 del mediodía, empieza la ronda de txikiteo (ir de vinitos y pintxos por los bares). A la una y media, el marianito (también conocido como "vermú" en otras regiones de España). A las dos y media, comida. Txuletones regados con sidra y vino de Rioja. A las cuatro de la tarde, la partida de mus, con sus respectivas copas de patxarán o coñac, a gusto del consumidor. A las siete, con la partida recién acabada, vuelta a la ronda de txikiteo y zuritos (cervezas en vaso de vino, para contemporizar). A las nueve y media, cena. Otra frugal comidita de la que muchos saldréis empachados. A las 11 de la noche, fuegos artificiales. Todo el mundo a la calle a ver los fuegos, con la correspondiente litrada de kalimotxo fresquito. A las 12 y media, concierto, y más litros. A las dos, copas y copas. A las cuatro, bocata de lomo con pimientos de la txosna (como las casetas del resto de España, pero en tamaño XXL). Luego, copas y copas hasta las 7 de la mañana en la que se desayuna chocolate con txurros o café y pintxo de tortilla (muy recomendables los del Bar "La Tortilla", junto a la plaza del Ayuntamiento), y después, vuelta a empezar el ciclo.
3) MARIJAIA:
La santa madre patrona de las fiestas. Para los no duchos en estos temas, es un muñeco de una señora con los brazos levantados que iréis divisando en diferentes puntos de la geografía bilbaina a lo largo de las fiestas. No temáis, no muerde. Y veneradla como si fuera vuestra santísima madre, pues cualquier intento de barbarie contra ella (incluso la más leve falta de respeto) puede ser castigado con un linchamiento masivo por parte de toda la población de la ilustre y noble villa de Bilbao (y son muchos, oiga).
4) LA MISTELA Y EL ZURRACAPOTE NO SUBEN, APENAS TIENEN ALCOHOL:
¡¡¡MENTIRA!!! Huid de ellos como del mismísimo demonio. Son bebidas dulces que, fresquitas, entran muy bien y acompañan y visten perfectamente a cualquier pintxo pero, ¡ojo!, cuando queráis daros cuenta llevaréis un pedo de los que hacen época. Desconfiad de los comentarios envalentonados de la población local (recordad, ellos son vascos y vosotros no. Ellos carecen de hígado).
5) EL BOCATA "ESPECIAL" DE LAS TXOSNAS ENTRA DE PUTA MADRE:
Esa vianda conocida como "bokata especial", normalmente se compone de lomo, queso, pimientos, cebolla y, en ocasiones, de muchas más cosas. Aparte de tener la medida aproximada del antebrazo izquierdo de Rafa Nadal. Recuerda siempre que el estómago de los vascos está hecho del acero con el que se montan los barcos. Si eres de cualquier otra región, y con el cuerpo lleno de alcohol, probablemente te siente como comerte un saco de mármol de Macael.
6) ESTA NOCHE SALIMOS DE TRANKI QUE QUEDA TODAVÍA MUCHA ASTE NAGUSIA:
No caigáis en esta trampa mortal. Si bien la afirmación de que todavía quedan muchas fiestas es cierta, el concepto "salir de tranki" de un vasco difiere absolutamente del tuyo. "Un par de cervecitas y pa' casa" no es algo que un vasco pueda entender, para ellos "salir de tranki" es reducir de 25 a 15 los litros de alcohol ingeridos en una noche. Desconfiad. Siempre.
7) NUNCA USES LA FRASE "NO HAY HUEVOS" CON UN VASCO:
A menos que quieras que suceda lo que siga a la frase, pero recuerda: cuidado con lo que deseas, no sea que se cumpla. Además, el bilbaino siempre hará lo que vaya implícito en esa frase, pero tendrá su contrapartida. Puede que utilice después la misma estrategia contra ti, y caso de que tú no seas capaz de estar a la altura, serás tildado de nenaza por el resto de tu vida (y tus futuras reencarnaciones).
8) DI NO A LAS CHANCLAS:
Sé que es verano, que es más cómodo y más fresco ir en chanclas, pero la cantidad de dedos amputados y aplastados aumenta exponencialmente cada año en los turistas que osan adentrarse en la noche bilbaina. Recuerda que la población de Bilbao se multiplica por 5 o por 6 en estas fechas y que las calles se quedan pequeñas para acoger a tanta gente. Si quieres acercarte al menos una vez en toda la noche a una txosna a pedir algo de beber, y quieres volver con todos tus dedos de los pies, evita las chanclas por encima de todas las cosas.
9) NUNCA JAMÁS TE SIENTES EN EL SUELO:
No hay váter para tanta gente, y, por regla general, durante la Aste Nagusia, la ría, las esquinas, entre dos coches, los containers, ese trozo de césped, ese banco, la puerta del cajero (y que se joda el puto banco), el pórtico de la iglesia (y que se jodan los curas) son improvisados urinarios. Cualquier lugar que puedas imaginar es susceptible de haber sido utilizado como improvisado retrete, así que vigila donde descansas tus posaderas.
Y 10) SAL DE CASA CON LO IMPRESCINDIBLE:
Es probable que acabes más borracho que las ratas o atrapado en una aglomeración de gente. Lleva encima lo justo y necesario, es decir, aquellas cosas que, llegado el momento, podrías esconder en algún recoveco entre tu cuerpo y tus ropas. Todo lo demás, lo perderás o será robado por los amigos de lo ajeno. Aunque salgas incluso sin dinero, siempre encontrarás a alguien que comparta contigo su katxi (vaso de litro) de kalimotxo o que te invite a una copa. (Eso sí, no lo utilices como recurso habitual, que los vascos son generosos pero odian a los gorrones).
Si cumples a rajatabla este decálogo, tal vez consigas sobrevivir a los 9 días del año en los que Bilbao se convierte en la más peligrosa de las junglas y logres llegar de vuelta a tu pueblo/ciudad más o menos en las mismas condiciones en las que viniste.
Pero tampoco puedo garantizártelo.
Eso sí, te aseguro que vale la pena. Vivirás algo irrepetible, una de esas cosas que, al menos, una vez en la vida has de vivir, para poder contárselo a tus nietos.
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