Nací a finales de la década de los 70. En 1978 concretamente.
Eso quiere decir varias cosas: una, que tengo 38 años a día de hoy (aquí podéis comprobar mi dominio de las restas con llevadas en particular y de las matemáticas en general). La segunda, que conocí cosas que a día de hoy son verdaderas antiguallas, como la TV en blanco y negro, el walkman, el CinExin, la carta de ajuste o los políticos honrados (bueno, vale, esto nunca ha existido, pero por lo menos antes no era tan evidente). Y la tercera, y más importante de todas, que me estoy haciendo viejo.
Y me estoy haciendo viejo porque ya no sabría cómo actuar si volviese a tener 16 años. Sinceramente, no sé si es que últimamente los tiempos van demasiado deprisa o mi capacidad de adaptación se ha vuelto excesivamente lenta. Ha habido tantos cambios en tan poco tiempo que si tuviera que volver a la adolescencia preferiría morirme que pasar por ese trago. Y no es por volver a no tener independencia económica, no es por tener que volver a obedecer a mis padres, no. Voy a explicarme.
Como decía hace pocos días en tuiter, creo que el tema del feminismo se nos está yendo de las manos. Es cierto que a lo largo de la historia las mujeres han recibido un trato vejatorio, que han sido menospreciadas e infravaloradas. Es cierto que, por más avances que haya habido, sigue sin haber igualdad en muchos aspectos, pero por citar uno, diré por ejemplo en el ámbito laboral, donde la mujer está menos valorada y peor pagada que el hombre, so pena de poder ser despedida por el mero hecho de quedarse embarazada.
También está lo de la violencia de género, pero es un tema que me produce tanto asco y rabia que prefiero ni mencionar siquiera.
Pero bueno, a lo que íbamos. Si bien es cierto que la mujer ha estado cultural e históricamente por debajo del hombre, yo siempre he sido un defensor de la igualdad. Todos los seres humanos somos iguales, independientemente de nuestro sexo, credo, color de piel, ideología política o lugar de procedencia. Y cuando digo que el tema del feminismo se nos está yendo de las manos, lo digo porque hemos cruzado una delgada línea que no debíamos haber cruzado. Las mujeres (algunas, ojo) han cogido por su mano la lucha por la igualdad y la han convertido en una cruzada estúpida en la que lo importante no es tener los mismos derechos, si no machacar al sexo opuesto, utilizando como arma cada palabra que se les dice, cada hecho que acontece. Me he cansado de leer cosas sobre micromachismos (he llegado a leer que "que un hombre te invite a un café sin conocerte de nada es machismo"), sobre lenguaje igualitario (que está bien quejarse porque los términos genéricos sean en masculino, aunque me parezca excesivo, pero de ahí a querer normalizar el uso de palabras como "compañeres" o "amigues" va un trecho), o sobre actitudes ante la vida.
Por eso doy gracias al cielo (y no hablo de un cielo religioso, si no de todo aquello que está sobre nuestras cabezas) por haber nacido a finales de los 70. Porque si para mí (no sé si para todos, pero para mí lo era) ya era difícil ligar en aquella época, imaginaos ahora en un mundo en el que por decirle a una mujer "qué guapa eres" o "¿quieres quedar para ir al cine?" te pueden acusar de machista, falócrata y heteropatriarcal.
Sinceramente, no envidio la suerte de los adolescentes de hoy en día, pues si bien gozan de más libertades en algunos aspectos, en otros están sembrando un camino a la perdición.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
viernes, 2 de diciembre de 2016
ALGO ES ALGO
Antes de empezar a leer esto, quiero comprobar vuestra capacitación mental para ello. Es decir, si tenéis una tara mental similar a la mía, para que os resulte comprensible.
Vamos a hacer un ejercicio muy simple. Se trata de completar unas frases:
"Luke Skywalker entrenó duro para ser un caballero ..."
"Obi Wan quiso entrenar a Anakin, pero su propuesta fue rechazada por el consejo ..."
"Yoda completó la instrucción del joven Luke, enseñándole todos los secretos de los poderes ..."
"El retorno del ..."
¿Habéis contestado YEDAY en todas? No, ¿verdad? En la última habéis contestado YEDI. Y lo sabéis.
Eso os hace lo suficientemente tarados como para seguir leyendo. Es decir, al menos tan tarados como yo.
Os voy a contar entonces una historia basada en un hecho absolutamente falso que me acabo de inventar, como diría el Zarathustra.
Desde muy pequeño supe que no valía para estudiar. Lo supe, porque cada vez que mis padres iban a hablar con los profesores y les preguntaban: "¿Qué tal va Aitor en clase?", ellos respondían: "Es talento".
Mis padres volvían a casa orgullosos, pensando que yo iba a ser un auténtico artista, pero no habían comprendido que lo que realmente querían decir mis tutores es: "Está lento."
Así que pasé mi infancia y mi adolescencia viviendo en una mentira. Bueno, yo no, mis padres, que creían que yo iba a ser el nuevo Einstein. Pobrecicos. Mirad para lo que he quedado.
De joven comprendí que quería ganarme la vida con algo en lo que se trabajara poco y se ganara mucho. Así que me decanté por la música. (DECANTAR-MÚSICA, ¿lo pilláis? Bueno, da igual). Y como tengo las manos como un catálogo de pollas, comprendí que ni el piano ni la guitarra iban a ser lo mío. Así que decidí probar con la flauta dulce (menudo hijo de puta mentiroso el que le puso el nombre. Yo pensaba que iba a ser todo disfrute y nada más ponérmela en la boca descubrí que solo sabía a plástico, que de dulce nada).
Mi profesora era una mujer corriente, tan corriente que venía todos los días peinada como si hubiera metido los dedos en el enchufe. Solía llevar pamela y rebeca, y no, no eran sus hermanas, eran prendas que le daban la apariencia de haber salido de una película de Almodóvar. Siempre con esas faldas plisadas, plisadas por un camión y esos zapatos de ante. De ante de la guerra, supongo.
Pero nos trataba con cariño, para lo inútiles que éramos. George Lucas estuvo a punto de contratarnos, por nuestro espectacular sonido, para doblar a un coro de Wookies.
Fueron pasando los años, y me di cuenta de que la música tampoco iba a ser lo mío, así que tuve que replantearme mi vida. ¿Cómo trabajar poco y ganar mucho? Pensé en meterme a youtuber, pero me di cuenta de que aún me quedaba un mínimo de dignidad, así que abrí una cuenta en tuiter. "Hay gente que gana dinero con tuiter", me decían, "solo hay que escribir mongoladas que le gusten a la gente". Y yo pensé "mongoladas. Eso se me tiene que dar bien." Pero qué va, tampoco. Para triunfar en tuiter hay que, además de escribir mongoladas, caerle bien a la gente, y yo de la única manera que caigo bien, es desde un edificio alto. Tres dieces y dos nueves la última vez.
Así que abrí este blog, y nada, que tampoco me gano la vida, pero al menos, me estoy ahorrando una pasta en psiquiatras que te cagas. Y todo gracias a vosotros, queridos lectores.
Que ganar, no gano nada, pero tampoco gasto, y oiga, algo es algo.
Vamos a hacer un ejercicio muy simple. Se trata de completar unas frases:
"Luke Skywalker entrenó duro para ser un caballero ..."
"Obi Wan quiso entrenar a Anakin, pero su propuesta fue rechazada por el consejo ..."
"Yoda completó la instrucción del joven Luke, enseñándole todos los secretos de los poderes ..."
"El retorno del ..."
¿Habéis contestado YEDAY en todas? No, ¿verdad? En la última habéis contestado YEDI. Y lo sabéis.
Eso os hace lo suficientemente tarados como para seguir leyendo. Es decir, al menos tan tarados como yo.
Os voy a contar entonces una historia basada en un hecho absolutamente falso que me acabo de inventar, como diría el Zarathustra.
Desde muy pequeño supe que no valía para estudiar. Lo supe, porque cada vez que mis padres iban a hablar con los profesores y les preguntaban: "¿Qué tal va Aitor en clase?", ellos respondían: "Es talento".
Mis padres volvían a casa orgullosos, pensando que yo iba a ser un auténtico artista, pero no habían comprendido que lo que realmente querían decir mis tutores es: "Está lento."
Así que pasé mi infancia y mi adolescencia viviendo en una mentira. Bueno, yo no, mis padres, que creían que yo iba a ser el nuevo Einstein. Pobrecicos. Mirad para lo que he quedado.
De joven comprendí que quería ganarme la vida con algo en lo que se trabajara poco y se ganara mucho. Así que me decanté por la música. (DECANTAR-MÚSICA, ¿lo pilláis? Bueno, da igual). Y como tengo las manos como un catálogo de pollas, comprendí que ni el piano ni la guitarra iban a ser lo mío. Así que decidí probar con la flauta dulce (menudo hijo de puta mentiroso el que le puso el nombre. Yo pensaba que iba a ser todo disfrute y nada más ponérmela en la boca descubrí que solo sabía a plástico, que de dulce nada).
Mi profesora era una mujer corriente, tan corriente que venía todos los días peinada como si hubiera metido los dedos en el enchufe. Solía llevar pamela y rebeca, y no, no eran sus hermanas, eran prendas que le daban la apariencia de haber salido de una película de Almodóvar. Siempre con esas faldas plisadas, plisadas por un camión y esos zapatos de ante. De ante de la guerra, supongo.
Pero nos trataba con cariño, para lo inútiles que éramos. George Lucas estuvo a punto de contratarnos, por nuestro espectacular sonido, para doblar a un coro de Wookies.
Fueron pasando los años, y me di cuenta de que la música tampoco iba a ser lo mío, así que tuve que replantearme mi vida. ¿Cómo trabajar poco y ganar mucho? Pensé en meterme a youtuber, pero me di cuenta de que aún me quedaba un mínimo de dignidad, así que abrí una cuenta en tuiter. "Hay gente que gana dinero con tuiter", me decían, "solo hay que escribir mongoladas que le gusten a la gente". Y yo pensé "mongoladas. Eso se me tiene que dar bien." Pero qué va, tampoco. Para triunfar en tuiter hay que, además de escribir mongoladas, caerle bien a la gente, y yo de la única manera que caigo bien, es desde un edificio alto. Tres dieces y dos nueves la última vez.
Así que abrí este blog, y nada, que tampoco me gano la vida, pero al menos, me estoy ahorrando una pasta en psiquiatras que te cagas. Y todo gracias a vosotros, queridos lectores.
Que ganar, no gano nada, pero tampoco gasto, y oiga, algo es algo.
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